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Las guerras dicen que ocurren por nobles razones: la seguridad

internacional, la dignidad nacional, la democracia, la libertad, el orden,

el mandato de la civilización o la voluntad de Dios.

Ninguna tiene la honestidad de confesar: “Yo mato para robar”.

***

No menos de tres millones de civiles murieron en el Congo a lo largo de la

guerra de cuatro años que está en suspenso desde fines de 2002.

Murieron por el coltan, pero ni ellos lo sabían. El coltan es un mineral

raro, y su raro nombre designa la mezcla de dos raros minerales llamados

columbita y tantalita. Poco o nada valía el coltan, hasta que se descubrió

que era imprescindible para la fabricación de teléfonos celulares, naves

espaciales, computadoras y misiles; y entonces pasó a ser más caro que el

oro.

Casi todas las reservas conocidas de coltan están en las arenas del Congo.

Hace más de cuarenta años, Patricio Lumumba fue sacrificado en un altar de

oro y diamantes. Su país vuelve a matarlo cada día. El Congo, país

pobrísimo, es riquísimo en minerales, y ese regalo de la naturaleza se

sigue convirtiendo en maldición de la historia.

***

Los africanos llaman al petróleo “###### del Diablo”.

En 1978 se descubrió petróleo en el sur de Sudán. Siete años después, se

sabe que las reservas llegan a más del doble, y la mayor cantidad yace al

oeste del país, en la región de Darfur.

Allí ha ocurrido recientemente, y sigue ocurriendo, otra matanza. Muchos

campesinos negros, dos millones según algunas estimaciones, han huido o han

sucumbido, por bala, cuchillo o hambre, al paso de las milicias árabes que

el gobierno respalda con tanques y helicópteros.

Esta guerra se disfraza de conflicto étnico y religioso entre los pastores

árabes, islámicos, y los labriegos negros, cristianos y animistas. Pero

ocurre que las aldeas incendiadas y los cultivos arrasados estaban donde

ahora empiezan a estar las torres petroleras que perforan la tierra.

***

La negación de la evidencia, injustamente atribuida a los borrachos, es la

más notoria costumbre del presidente del planeta, que gracias a Dios no

bebe una gota.

Él sigue afirmando, un día sí y otro también, que su guerra de Irak no

tiene nada que ver con el petróleo.

“Nos han engañado ocultando información sistemáticamente”, escribía desde

Irak, allá por 1920, un tal Lawrence de Arabia: “El pueblo de Inglaterra ha

sido llevado a Mesopotamia para caer en una trampa de la que será difícil

salir con dignidad y con honor”.

Yo sé que la historia no se repite; pero a veces dudo.

***

¿Y la obsesión contra Chávez? ¿Nada tiene que ver con el petróleo de

Venezuela esta frenética campaña que amenaza matar, en nombre de la

democracia, al dictador que ha ganado nueve elecciones limpias?

Y los continuos gritos de alarma por el peligro nuclear iraní, ¿nada tienen

que ver con el hecho de que Irán contenga una de las reservas de gas más

ricas del mundo? Y si no, ¿cómo se explica eso del peligro nuclear? ¿Fue

Irán el país que descargó las bombas nucleares sobre la población civil de

Hiroshima y Nagasaki?

***

La empresa Bechtel, con sede en California, había recibido en concesión,

por 40 años, el agua de Cochabamba. Toda el agua, incluyendo el agua de las

lluvias. No bien se instaló, triplicó las tarifas. Una pueblada estalló, y

la empresa tuvo que irse de Bolivia.

El presidente Bush se apiadó de la expulsada, y la consoló otorgándole el

agua de Irak.

Muy generoso de su parte. Irak no sólo es digno de aniquilación por su

fabulosa riqueza petrolera: este país, regado por el Tigris y el Éufrates,

también merece lo peor porque es la más rica fuente de agua dulce de todo

el Oriente Medio.

***

El mundo está sediento. Los venenos químicos pudren los ríos y las sequías

los exterminan, la sociedad de consumo consume cada vez más agua, el agua

es cada vez menos potable y cada vez más escasa. Todos lo dicen, todos lo

saben: las guerras del petróleo serán, mañana, guerras del agua.

En realidad, las guerras del agua ya están ocurriendo.

Son guerras de conquista, pero los invasores no echan bombas ni desembarcan

tropas. Viajan vestidos de civil estos tecnócratas internacionales que

someten a los países pobres a estado de sitio y exigen privatización o

muerte. Sus armas, mortíferos instrumentos de extorsión y de castigo, no

hacen bulto ni meten ruido.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, dos dientes de la

misma pinza, impusieron, en estos últimos años, la privatización del agua

en 16 países pobres. Entre ellos, algunos de los más pobres del mundo, como

Benín, Níger, Mozambique, Ruanda, Yemen, Tanzania, Camerún, Honduras,

Nicaragua… El argumento era irrefutable: o entregan el agua o no habrá

clemencia con la deuda ni préstamos nuevos.

Los expertos también tuvieron la paciencia de explicar que no hacían eso

por desmantelar soberanías, sino por ayudar a la modernización de los

países hundidos en el atraso por la ineficiencia del Estado. Y si las

cuentas del agua privatizada resultaban impagables para la mayoría de la

población, tanto mejor: a ver si así se despertaba por fin su dormida

voluntad de trabajo y de superación personal.

***

En la democracia, ¿quién manda? ¿Los funcionarios internacionales de las

altas finanzas, votados por nadie?

A fines de octubre del año pasado, un plebiscito decidió el destino del

agua en Uruguay. La gran mayoría de la población votó, por abrumadora

mayoría, confirmando que el agua es un servicio público y un derecho de

todos.

Fue una victoria de la democracia contra la tradición de impotencia, que

nos enseña que somos incapaces de gestionar el agua ni nada; y contra la

mala fama de la propiedad pública, desprestigiada por los políticos que la

han usado y maltratado como si lo que es de todos fuera de nadie.

El plebiscito de Uruguay no tuvo ninguna repercusión internacional. Los

grandes medios de comunicación no se enteraron de esta batalla de la guerra

del agua, perdida por los que siempre ganan; y el ejemplo no contagió a

ningún país del mundo. Éste fue el primer plebiscito del agua y hasta

ahora, que se sepa, fue también el último.

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